Pintura

Castagnino, Juan Carlos

Buenos Aires
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Juan Carlos Castagnino nació en Mar del Plata, el 18 de noviembre de 1908. Cursó sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes, para luego concurrir a los talleres de Lino Enea Spilimbergo, a quien siempre consideró su maestro. También estudió con Victorica y Gómez Cornet. En 1933 integra el grupo que fundará el primer sindicato argentino de artistas plásticos. Ese mismo año expone en el Salón Nacional de Bellas Artes. Junto a Antonio Berni, Spilimbergo y Siqueiros, realiza los murales de la Quinta de Natalio Botana (director del diario “Crítica”), en Don Torcuato. En 1939 viaja a París, donde asiste al taller de André Lothe, y recorre Europa perfeccionando su arte junto a Braque, Léger y Picasso, entre otros. Regresa a la Argentina en 1941 y recibe el título de Arquitecto de la Universidad de Buenos Aires. Recibió importantes premios en el país y en el exterior, entre los que se destacan: el Premio Nacional de Pintura en 1948, la Medalla de Honor en Pintura de la Feria Internacional de Bruselas en 1958, el Gran Premio de Honor Salón Nacional y el Premio Especial en la Bienal de Saigón, ambos en 1961 y el Premio Especial de Dibujo en la Bienal de México en 1962. En 1963 es nombrado miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes y en ese mismo año la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) publica una edición de lujo del Martín Fierro ilustrada con sus dibujos. Entre 1964 y 1966 se radica en Roma desde donde recorre Europa realizando diversas muestras de su obra. Muere en Buenos Aires el 21 de abril de 1972. Dibujante eximio, sus pinturas hablan de nosotros, de nuestros paisajes y de nuestra gente. Del interior profundo y de los arrabales de Buenos Aires, de los espacios horizontales de la llanura, de la costa del río y de las orillas del mar, trigales y tropillas de alazanes fueron sus motivos recurrentes. Integra la figura humana al paisaje, ennoblece la presencia de sus criaturas de carne y hueso, sin atemperarles demasiado la dureza del gesto con que las señaló la vida. Advertimos de pronto una serenidad giocondesca en algunos de sus retratos de mujeres de pueblo, cuyas manos repiten el gesto del cuadro de Leonardo. Gentes del norte, paisajes del Paraná, del Uruguay, orillas marplatenses, arrabales porteños: muchos y diversos ámbitos del país dieron temas para su interpretación entrañable. Su impronta nacional, sin embargo, no se alcanza por la sola virtud de su temática tan nuestra, sino, sobre todo, por una atmósfera, por un particular resplandor de los cielos, por un color que parece aprendido de la tierra. Son de Castagnino esas barrancas rojizas junto a las aguas tendidas, con el agreste penacho de unas verdes matas. Le pertenecen esos caballos criollos de acarnerado perfil en la nerviosa cabeza, sueltas las crines, anchas las narices que husmean la libertad en el aire; la osamenta vacuna, blanqueada por el sol y el viento, bajo cuya cornamenta, en las órbitas desmesuradas, el pasto joven o el cardo amoratado recomienzan la vida; ciertas maternidades obreras, en las que la ternura lírica no debilita el impacto de la dolorosa y muda protesta; son, por fin, de este seres y cosas del pueblo, a los que él ha sabido acercarse con solidario fervor, León Benarós.